Por qué te cuesta cobrar y recibir: el bloqueo con el dinero empieza en el cuerpo
- Mai Pareja
- hace 4 horas
- 7 Min. de lectura
Hay personas que trabajan bien, se implican, cuidan el detalle, dan más de lo que se les pide… y aun así, cuando llega el momento de cobrar, pedir o recibir, algo por dentro se contrae. No es solo una duda mental. Es una reacción física: un nudo en el estómago, tensión en el pecho, la urgencia de justificarse, el impulso de rebajar el precio o de “compensar” de alguna manera.
Muchas veces el problema no es cuánto cobras, sino qué le pasa a tu cuerpo cuando recibes. Puedes saber que tu trabajo vale, puedes haberlo pensado mil veces, pero justo en el momento de tomar aparece una incomodidad difícil de explicar. Ahí empieza el bloqueo de verdad: no en la cabeza, sino en un sistema interno que aprendió, en algún punto de tu historia, que recibir no era del todo seguro.
Este artículo no va de marketing ni de mentalidad positiva. Va de entender por qué el gesto de recibir puede activar miedo, culpa o vergüenza, incluso cuando tu vida adulta dice que es justo y necesario.

Qué significa realmente que te cueste cobrar y recibir
Cobrar no es solo un acto económico. Es un gesto relacional y corporal: implica tomar, ocupar un lugar, aceptar que lo que das tiene valor y permitir que algo vuelva hacia ti. Y ese gesto, para muchas personas, no es neutro. Se nota en cosas muy concretas:
Regalas parte de tu trabajo “por si acaso”.
Rebajas precios cuando notas duda en la otra persona.
Te cuesta decir en voz alta lo que cuesta lo que haces.
Trabajas de más para “merecer” lo que cobras.
Después de cobrar, te quedas con una sensación rara: culpa, inquietud o miedo a haber pedido demasiado.
Desde fuera parece inseguridad. Por dentro, muchas veces, es un reflejo de protección: el cuerpo intenta salir rápido de una situación que vive como delicada. No porque esté mal cobrar, sino porque tomar activa una alarma antigua.
¿Qué le pasa a una niña cuando recibir no es seguro?
¿Qué le pasa a una niña cuando pedir algo genera tensión? ¿Qué aprende cuando su necesidad molesta, cansa o incomoda? ¿Qué registra su cuerpo cuando recibe algo y luego viene un reproche, un silencio o un chantaje emocional? ¿Qué hace cuando tomar implica perder tranquilidad, vínculo o protección?
No lo piensa con palabras. Lo aprende con sensaciones. Aprende a medirse. Aprende a no pedir demasiado. Aprende a dar antes de tomar. Aprende a no ocupar demasiado espacio. Y aprende algo todavía más profundo: que para estar a salvo en el vínculo, mejor no necesitar. Ese aprendizaje no se queda en la infancia. Se queda en el cuerpo. Años después, cuando esa mujer adulta tiene que cobrar, poner un precio o recibir sin compensar, no está reaccionando a la situación presente. Está reaccionando a esa memoria antigua donde recibir era arriesgado.
Por eso aparece el nudo en el estómago. Por eso la prisa por justificar. Por eso las ganas de rebajar, regalar o devolver.
No es falta de autoestima. Es un sistema nervioso que aprendió a proteger el vínculo reduciéndose.
El cuerpo y el dinero: cuando tomar activa un estado de alerta
El sistema nervioso funciona con una lógica simple: seguridad o amenaza. Si recibir estuvo ligado a experiencias de tensión, el cuerpo puede entrar en un micro-estado de alerta cada vez que tomas. Eso se siente como:
Necesidad de explicarte demasiado.
Ganas de devolver rápido.
Impulso de minimizar lo que pides.
Incomodidad al sostener la mirada cuando dices un precio.
Urgencia por cerrar la situación cuanto antes.
Desde fuera parece un tema de carácter. Desde dentro es otra cosa: el cuerpo está intentando salir de un lugar que no le resulta seguro. No responde a tu discurso racional. Responde a la memoria emocional.
Por eso este patrón no se cambia solo “entendiéndolo”. Porque no es una idea. Es una respuesta fisiológica aprendida.
Lealtades familiares que dificultan recibir y cobrar
A veces este freno no nace solo de tu historia personal, sino de lealtades invisibles al sistema familiar. No son decisiones conscientes. Son fidelidades profundas que el cuerpo sostiene para no romper el vínculo con quienes vinieron antes. Por ejemplo:
Lealtad a mujeres del linaje que daban todo y no recibían nada. Creces viendo a una madre o a una abuela agotarse, sostener a todos, no pedir, no tomar, no quejarse. El mensaje no se dice, pero se graba: amar es sacrificarse. Cuando hoy cobras, algo en tu cuerpo siente que estás traicionando esa forma de amar.
Lealtad a historias donde recibir era peligroso. En algunas familias, recibir significaba deber, quedar en falta, perder libertad o ser controlada. El cuerpo aprende que tomar algo tiene un precio emocional. Más tarde, cuando alguien te paga, esa memoria aparece como tensión o necesidad de devolver rápido.
Lealtad a sistemas donde tener más generaba conflicto o exclusión. Si en tu familia prosperar separaba, creaba envidia o rompía equilibrios, el sistema aprende a no ir más allá. No por modestia, sino por miedo a quedarse sola.
Lealtad al sacrificio. El lugar conocido es dar, sostener, postergarte. Tomar para ti se vive, en algún nivel, como algo indebido.
En estos casos, cobrar no solo activa miedo personal. Puede activar algo más profundo: la sensación inconsciente de que si tomo, me separo del sistema.
Las heridas emocionales que suelen estar detrás del bloqueo al recibir
Además de las lealtades, hay heridas emocionales que dejan una huella muy clara en la relación con el dinero y el valor:
Desmerecimiento. No es pensar “no valgo”. Es sentir, en el cuerpo, que lo tuyo es menos, que pedir lo justo es pedir demasiado, que tienes que dar un poco más para estar tranquila contigo.
Vergüenza. Aparece como calor en la cara, como ganas de cambiar de tema cuando hablas de precios, como esa sensación de estar molestando por existir con tus necesidades.
Culpa. No es una idea moral. Es una incomodidad profunda cuando recibes algo sin haber sufrido lo suficiente por ello. Como si tomar fuera siempre un poco injusto.
Miedo al rechazo. No es solo “y si dicen que no”. Es el miedo más antiguo: si pongo mi valor sobre la mesa, quizá ya no me quieran.
Miedo al conflicto. Entonces el cuerpo elige el camino conocido: bajar, ceder, suavizar, desaparecer un poco para que todo siga en paz.
Estas heridas no viven en frases internas. Viven en el cuerpo: en cómo respiras, en cómo te tensas, en cómo te encoges justo en el momento de tomar.
Señales claras de que tu bloqueo está en el recibir (no en ganar dinero)
Aquí el conflicto no está en producir o en generar valor. Está en permitirte recibirlo. Este patrón suele verse cuando:
Te cuesta más cobrar que trabajar, porque trabajar es dar (eso es seguro para tu sistema), pero cobrar es tomar (y ahí aparece la alerta).
Te resulta más fácil ayudar que aceptar ayuda, porque dar te coloca en un lugar conocido: el de quien no necesita nada.
Sientes más tensión al pedir que al ofrecer, porque pedir te expone y te muestra necesitando.
Necesitas esforzarte de más para sentir que “mereces” cobrar.
Después de cobrar, aparece inquietud o culpa, como si algo en ti necesitara compensar ese gesto de haber tomado.
Por qué no se resuelve solo cambiando precios o mentalidad
Subir precios puede ser necesario. Trabajar creencias también. Pero si el cuerpo sigue asociando recibir con peligro, el conflicto solo se desplaza.
Puedes cobrar más… y sentir más culpa. Puedes “ponerte en valor”… y sentir más miedo al rechazo. Puedes cambiar tu discurso… y seguir notando el mismo nudo en el estómago.
Porque el núcleo del problema no está en lo que piensas, sino en lo que tu sistema nervioso aprendió sobre tomar. Y los reflejos no se desactivan con argumentos, sino con experiencias nuevas de seguridad.
Cómo se transforma este patrón desde un enfoque corporal, emocional y sistémico
El cambio profundo no consiste en obligarte a cobrar sin miedo. Consiste en crear seguridad interna para que recibir deje de vivirse como una amenaza.
En el proceso suele pasar algo así: primero se hace consciente el freno; luego aparece la emoción que lo sostiene (miedo, culpa, vergüenza, tristeza); y poco a poco el cuerpo empieza a tolerar recibir un poco más sin entrar en alarma. No es un cambio de voluntad. Es un cambio de regulación interna. Según la persona y el momento vital, esto puede implicar:
Acompañamiento emocional (como Focusing) para escuchar la sensación que aparece al recibir y permitir que el cuerpo actualice esa respuesta antigua, integrando una relación más segura con el valor y el permiso a recibir.
Mirada sistémica para ver a quién estás siendo leal cuando no te permites tomar.
Trabajo energético para liberar memorias de culpa, deuda o desmerecimiento que siguen activas en el campo.
No se trata de forzarte a cambiar. Se trata de enseñar a tu sistema que ahora sí es seguro tomar.
Recibir no es egoísmo: es equilibrio
Dar y recibir no son opuestos. Son dos movimientos del mismo flujo. Cuando solo sabes dar, el sistema se desequilibra. Y muchas veces eso no viene de generosidad, sino de miedo a tomar.
Aprender a recibir no te vuelve menos sensible. Te vuelve más entera. Porque ya no necesitas desaparecer un poco cada vez que algo viene hacia ti.
En resumen
Si te cuesta cobrar, pedir o recibir, no es un problema de tarifas ni de actitud. Es muy probable que tu cuerpo esté protegiéndote de algo que, en algún momento, se vivió como peligroso: deber, perder amor, generar conflicto o separarte del sistema.
El trabajo profundo no consiste en forzarte a cambiar, sino en escuchar qué se activa en ti cuando recibes y ayudar a tu sistema a sentirse seguro en ese gesto. Cuando eso ocurre, cobrar deja de ser una lucha y empieza a ser simplemente un intercambio justo.


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