Sistema nervioso desregulado: cuando el cuerpo vive en modo supervivencia
- Mai Pareja
- 14 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 15 dic 2025
Hay personas que creen que tienen ansiedad. Otras piensan que están deprimidas. Y muchas, en realidad, lo que tienen es un sistema nervioso cansado de vivir en modo supervivencia. No siempre hay ataques de pánico ni una tristeza profunda que lo explique todo. A veces lo único que hay es una sensación constante de incomodidad interna: estar acelerada sin motivo, o completamente apagada sin entender por qué. Desde fuera parece que no pasa nada grave. La vida sigue, las responsabilidades se cumplen, todo funciona. Pero el cuerpo no lo vive así. El cuerpo está haciendo lo único que sabe hacer cuando percibe amenaza durante demasiado tiempo: protegerse.

Qué es el sistema nervioso y por qué puede desregularse
El sistema nervioso no está diseñado para hacernos felices, sino para mantenernos a salvo. Su función principal es evaluar si estamos en peligro y activar respuestas automáticas que nos permitan reaccionar. El problema no es que se active, sino que no pueda desactivarse.
Muchas personas han pasado años adaptándose, sosteniendo, resolviendo, siendo fuertes. Han aprendido a aguantar, a no molestar, a seguir adelante incluso cuando algo dentro ya estaba desbordado. El cuerpo aprende rápido. Aprende a tensarse, a anticipar, a no bajar la guardia. Lo que no siempre aprende es a volver a la calma cuando el peligro ya no está.
La desregulación del sistema nervioso aparece cuando el cuerpo sigue funcionando como si hubiera una amenaza constante, aunque en el presente no exista. No es una enfermedad ni un fallo personal. Es una respuesta aprendida, profundamente inteligente, que en algún momento fue necesaria para sobrevivir.
Cómo se manifiesta un sistema nervioso desregulado
La desregulación no tiene una sola forma. El cuerpo no responde siempre igual ante la sobrecarga. A veces se acelera. Otras veces se apaga. Ambas respuestas tienen sentido. Ambas son intentos de protección.
Y algo importante: muchas personas no viven solo una de ellas, sino que oscilan entre ambas sin entender qué les pasa.
Hiperactivación: cuando el cuerpo no sabe parar
En la hiperactivación, el sistema nervioso vive como si algo malo estuviera a punto de pasar. No hace falta que exista un peligro real en el presente. El cuerpo responde desde la memoria, desde experiencias pasadas que le enseñaron que relajarse no era seguro.
En este estado cuesta muchísimo bajar el ritmo. Incluso en momentos tranquilos, el cuerpo permanece en alerta. La mente no para de pensar, de anticipar, de revisar lo que podría salir mal. No siempre son pensamientos catastróficos, pero sí insistentes. El descanso no termina de reparar porque el cuerpo sigue vigilando.
A nivel físico, suele aparecer tensión constante: mandíbula apretada, cuello rígido, pecho cerrado, respiración superficial. El cuerpo está preparado para reaccionar, para sostener, para defenderse.
Ejemplos cotidianos de hiperactivación
Personas que necesitan tenerlo todo bajo control para poder relajarse… y aun así no lo consiguen.
Dificultad para disfrutar de un plan porque la cabeza ya está en lo siguiente.
Irritación desproporcionada ante pequeños imprevistos.
Sensación de culpa al descansar, como si parar fuera peligroso.
Estar siempre disponibles para otros, pero sin espacio real para una misma.
Muchas personas hiperactivadas son altamente funcionales. Cumplen, resuelven, sostienen. Desde fuera incluso parecen fuertes. Pero por dentro viven cansadas, tensas, con la sensación de que nunca pueden bajar del todo el volumen. No es que no sepan relajarse. Es que su cuerpo aprendió que hacerlo no era seguro.
Hipoactivación: cuando el cuerpo se apaga para no sentir
La hipoactivación es más silenciosa y, por eso, suele pasar más desapercibida. Aquí el cuerpo no se acelera: se repliega. Cuando la carga ha sido demasiado intensa o demasiado prolongada, el sistema nervioso opta por otra estrategia de supervivencia: desconectarse.
En este estado aparece un cansancio profundo que no se va descansando. No es solo físico. Es una sensación de agotamiento vital. La motivación cae, las emociones se vuelven planas, la vida se vive como a distancia. No suele haber grandes crisis, pero tampoco entusiasmo. Todo cuesta un poco más de lo normal.
Ejemplos cotidianos de hipoactivación
Levantarte cansada incluso después de dormir muchas horas.
Sentir que nada te ilusiona demasiado, aunque “en teoría” tu vida esté bien.
Posponer constantemente tareas sencillas porque no hay energía.
Sentirte desconectada de tus emociones, como si estuvieran apagadas.
Pensar “me da igual” cuando en realidad es agotamiento.
Esto se confunde fácilmente con depresión, pero en muchos casos es un mecanismo de protección. El cuerpo no se ha rendido. Ha bajado persianas para no seguir recibiendo impacto.
El vaivén entre hiper e hipoactivación
Muchas personas alternan entre ambos estados. Días de hiperproductividad, de hacerlo todo, de no parar… seguidos de caídas bruscas en las que no pueden con nada. Este vaivén genera mucha confusión y mucha culpa.
La persona se pregunta por qué un día puede con todo y al siguiente está agotada. Intenta forzarse a mantener el ritmo o se castiga por no poder hacerlo. Pero la explicación no está en la voluntad, sino en la regulación.
El sistema nervioso intenta encontrar equilibrio. Cuando no lo consigue, salta de un extremo al otro.
Lo que ambas respuestas tienen en común
Tanto la hiperactivación como la hipoactivación comparten algo esencial: el cuerpo no se siente del todo a salvo. Y cuando no hay sensación de seguridad, el cuerpo no puede relajarse, disfrutar ni procesar emociones pendientes. Por eso no sirve exigirse calma ni empujarse a “espabilar”. En ambos casos, el mensaje es el mismo: algo ha sido demasiado durante demasiado tiempo.
Por qué no se regula con fuerza de voluntad
Un sistema nervioso desregulado no se calma diciéndose “tranquila” ni “no es para tanto”. Tampoco se regula solo entendiendo lo que ocurre a nivel mental. El cuerpo no responde a órdenes. Responde a experiencias.
Regular implica devolverle al cuerpo una sensación básica de seguridad. Y eso no se fuerza. Se construye poco a poco, a través de presencia, de escucha, de ritmos más amables. Por eso muchas personas sienten alivio cuando alguien pone palabras a lo que les pasa sin juzgarlo. Porque en ese gesto, el cuerpo deja de sentirse solo.
La relación entre sistema nervioso y malestar emocional difuso
Cuando el sistema nervioso está desregulado, es muy habitual sentirse mal sin saber por qué. No hay un motivo concreto, pero hay incomodidad, cansancio, irritabilidad o desconexión. La mente busca explicaciones y no las encuentra, porque el origen no es un pensamiento, sino un estado corporal sostenido en el tiempo.
Si todo esto te resulta familiar y sientes que hay un malestar de fondo difícil de nombrar, en el artículo No sé qué me pasa pero no estoy bien: cuando el cuerpo habla antes que la mente encontrarás el mapa general de esta experiencia y de por qué el cuerpo suele ir por delante de la cabeza.
Qué ayuda realmente a regular el sistema nervioso
Regular no significa eliminar emociones ni vivir siempre en calma. Significa recuperar la capacidad de subir y bajar, de sentir sin desbordarse y de descansar sin desconectarse por completo.
Esto suele empezar por gestos pequeños, pero profundos: bajar el ritmo, dejar de exigirse claridad inmediata, aprender a notar las señales del cuerpo sin intentar corregirlas. No se trata de hacer más, sino de dejar de empujar.
Cuando el cuerpo empieza a sentirse escuchado, algo se recoloca. La tensión baja, la desconexión se suaviza, el malestar se vuelve más comprensible.
Cuando el cuerpo deja de luchar
Muchas personas descubren, con alivio, que no eran un caso perdido ni demasiado sensibles. Simplemente estaban cansadas de sobrevivir.
El sistema nervioso no necesita que lo empujes hacia la calma. Necesita que dejes de exigirle que aguante. Y cuando eso ocurre, el cuerpo deja de gritar o de apagarse para ser escuchado. No porque la vida se vuelva perfecta, sino porque ya no hace falta vivir en modo supervivencia todo el tiempo.




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