Cuando no sabes qué decisión tomar, escucha las señales del cuerpo
Actualizado: 11 ago
Hay momentos en los que sabes que tienes que tomar una decisión, pero algo dentro de ti no termina de moverse. Llevas días, semanas o incluso meses dándole vueltas a lo mismo. Intentas mirar la situación desde todos los ángulos posibles, haces listas mentales, imaginas qué pasaría si eligieras una opción y después la otra. Hablas con alguien de confianza, buscas información, vuelves a pensarlo y durante unas horas parece que, por fin, lo tienes claro, hasta que vuelve la duda de nuevo.
En este punto, casi todos creemos que necesitamos saber algo más, entender algo más, encontrar ese dato que finalmente incline la balanza y te permita tomar la decisión con tranquilidad y certeza. Pero siento decirte que raramente el problema es la falta de información.
Muchas veces, por no decir todas, cuando una decisión se enquista, lo que encontramos no es falta de claridad, sino un conflicto interno.

Cuando una parte de ti quiere avanzar y otra tiene miedo
Imagina que llevas tiempo pensando en dejar una relación. Sabes perfectamente que no quieres continuar de la misma manera, pero al mismo tiempo hay otra parte de ti que no siente lo mismo. Y entonces ahí aparece otra cosa. ¿Qué pasa si me equivoco? ¿Y si después me arrepiento? ¿Y si me quedo sola? ¿Y si todavía podríamos arreglarlo? ¿Y si estoy tomando una decisión demasiado rápido?
Entonces vuelves a analizar la relación. Repasas conversaciones, recuerdas los momentos buenos, después los malos, intentas valorar si tienes «motivos suficientes» para marcharte, si es posible que todo cambie de verdad... Un día lo ves clarísimo y al siguiente ya no tienes ni idea de qué hacer. Y es muy probable que lleves meses llamando indecisión a algo que en realidad es un conflicto entre dos partes de ti. Una parte que quiere marcharse y otra que tiene miedo de hacerlo.
Esto cambia mucho la manera de mirar y afrontar el problema, porque si lo que ocurre es que te falta información, tiene sentido seguir buscando información. Pero si lo que existe es un conflicto interno, puedes pasarte seis meses buscando respuestas y continuar exactamente en el mismo lugar. Y es que ninguna respuesta externa va a resolver ese miedo por ti. De hecho, cuanto más incómoda se vuelve la incertidumbre, más fácil es empezar a buscar fuera algo que nos ayude a soportarla.
Dime qué tengo que hacer y así sabré que no me equivoco
Cuando esto sucede, casi siempre acabamos preguntando afuera. Preguntamos a una amiga, a nuestra pareja, a alguien que ha pasado por algo parecido. Podemos acudir a una terapeuta, consultar el tarot, mirar nuestra carta astral o utilizar cualquier herramienta que nos ayude a comprender mejor lo que estamos viviendo y nos dé algo de certeza sobre el camino a escoger.
Y no hay nada malo en ello. Yo misma trabajo con algunas de estas herramientas y sé perfectamente lo valiosas que pueden ser cuando nos ayudan a ver algo que desde dentro no estábamos pudiendo ver. La cuestión es desde qué lugar las estamos utilizando. Porque no es lo mismo buscar una mirada que nos ayude a comprender, que buscar a alguien que decida por nosotras o nos diga qué opción es la más acertada.
Cuando estamos muy bloqueadas, a veces lo que realmente queremos escuchar es: «haz esto, es lo correcto». Queremos que alguien nos confirme que podemos dar el paso, que no nos vamos a arrepentir y, de poder ser, que nos asegure que después todo va a salir bien. Es una forma de intentar recuperar el control frente a una situación que nos genera muchísima incertidumbre, pero hacer esto repetidamente tiene un precio, y es que poco a poco podemos empezar a confiar más en las respuestas que vienen de fuera que en nuestra propia capacidad para percibir qué necesitamos. Y cuánto más preguntamos, menos sabemos.
Una persona nos dice una cosa. Otra nos dice otra. Una lectura parece confirmar lo que queríamos hacer, pero tres días después volvemos a dudar y necesitamos otra respuesta. Y así nos metemos en un bucle que no se acaba nunca.
Quizá no necesitas saber qué hacer todavía
Como terapeuta, cuando acompaño una decisión difícil, me interesa observar qué ocurre dentro de la persona cuando contempla cada posibilidad. Porque es ahí donde empieza a aparecer información diferente.
Imagina durante unos instantes que te quedas en esa relación. No intentes justificarlo. No hagas la lista de ventajas e inconvenientes. No imagines cómo será: no lo sabes. Simplemente observa qué ocurre dentro de ti cuando contemplas esa posibilidad tal como es.
Ahora imagina que te vas. ¿Qué cambia? Quizá aparece alivio y, justo después, miedo. O una presión en el pecho. Quizá una de las opciones genera rechazo y no sabes todavía por qué. O puede que aparezca tristeza incluso ante la decisión que, en el fondo, sientes que necesitas tomar. Y esto es muy importante, porque tendemos a pensar que cuando una decisión es adecuada deberíamos sentirnos bien con ella, pero no necesariamente es así.
A veces, puedes sentir que quieres terminar una relación y llorar al imaginarlo. Puedes saber que necesitas poner un límite y sentir una culpa enorme. Puedes querer cambiar de trabajo y tener muchísimo miedo. Puedes saber que algo ya no es para ti y, al mismo tiempo, sentir dolor por dejarlo atrás.
El cuerpo no funciona como un semáforo donde tranquilidad significa «sí» y miedo significa «no». Escucharlo requiere ir un poco más allá. Si aparece miedo, ¿qué teme exactamente esa parte de ti? Si aparece culpa, ¿qué cree esa parte de ti que ocurrirá si eliges lo que quieres? Si hay una contracción enorme cuando piensas en una posibilidad, ¿qué está pasando ahí?
Porque decidir también significa renunciar
Hay algo más que también aparece muchas veces detrás de las decisiones que se alargan durante meses: queremos encontrar una opción en la que no perdamos nada. Queremos irnos sin echar de menos. Quedarnos sin renunciar a nosotras mismas. Cambiar de trabajo sin perder seguridad. Elegir un camino sin preguntarnos qué habría ocurrido en el otro. Poner un límite sin que nadie se enfade. Decir que no sin sentir culpa. Y quizá por eso seguimos pensando. Porque una parte de nosotras continúa buscando esa tercera opción maravillosa en la que podamos avanzar sin pagar ningún precio emocional.
Elegir significa aceptar que algo queda fuera, que una puerta se cierra, que alguien puede no entendernos, que podemos sentir tristeza. Incluso que nunca podremos saber qué habría ocurrido si hubiéramos elegido otra cosa.
Y el conflicto casi nunca es no saber qué quieres, es no saber si vas a poder sostener lo que implica elegir lo qué sí quieres.
Volver al cuerpo para poder escucharte
Al contrario de lo que se dice, la intuición no pertenece a la mente. Pertenece al cuerpo, y se percibe en forma de sensaciones. Algo se mueve dentro cuando contemplas una posibilidad. Hay una sensación que lleva tiempo acompañándote aunque intentes convencerte de lo contrario. Algo se expande, se contrae, se tranquiliza o se inquieta.
El cuerpo recoge mucha información de nuestra experiencia antes de que podamos convertirla en palabras. El problema es que intentamos escucharlo cuando nuestra cabeza lleva semanas hablando a gritos. Y aprender a escuchar el cuerpo implica establecer otro tipo de relación contigo misma.
Poder acercarte a lo que sientes sin intentar corregirlo inmediatamente. Dar espacio a las partes que están en conflicto. Escuchar tanto a la que quiere avanzar como a la que tiene miedo, porque probablemente las dos están intentando cuidar algo importante para ti. Y es precisamente aquí donde el Focusing puede ser especialmente útil.
Focusing cuando tienes que tomar una decisión
En Focusing no buscamos decirte qué decisión debes tomar ni cuál nos parece la más ideal. De hecho, para mí ocurre prácticamente lo contrario.
El acompañamiento sirve para crear el espacio necesario para que puedas entrar en contacto con aquello que ya está ocurriendo dentro de ti, aunque todavía no sepas explicarlo.
Ante una decisión podemos explorar corporalmente las diferentes posibilidades y observar qué aparece con cada una de ellas. A veces descubrimos que detrás de una aparente indecisión había miedo. O culpa. O una necesidad enorme de no decepcionar a alguien. O una parte que lleva tiempo intentando protegernos de algo que ocurrió en el pasado. Y cuando eso puede ser escuchado, la experiencia cambia.
Quizá la decisión siga siendo difícil. Quizá siga habiendo tristeza o incertidumbre. El Focusing no convierte las decisiones complejas en decisiones fáciles ni puede garantizarte que nunca te equivocarás, pero sí puede ayudarte a distinguir qué parte de tu bloqueo pertenece realmente a la decisión y qué parte pertenece al miedo que se activa cuando imaginas tomarla.
Porque a veces llevamos meses preguntándonos qué camino elegir cuando, en realidad, la pregunta que necesitábamos hacernos es ¿Qué hay dentro de mí que necesita ser escuchado antes de poder dar el siguiente paso?
¿Te sientes en una encrucijada?
Hay momentos en los que seguir dando vueltas a una decisión solo trae más agotamiento. Si estás en uno de esos momentos y sientes que necesitas un espacio para ordenar lo que te está pasando y poder mirar tu situación con más perspectiva, puedo acompañarte. No para decirte qué camino deberías elegir, sino para que puedas tomar una decisión con la que te sientas en paz.
Puedes escribirme por WhatsApp o contactar conmigo a través de la web www.maipareja.com si quieres que veamos juntas cómo trabajar tu situación.


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