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Por qué repito los mismos patrones si sé de dónde vienen

Hay algo que me llama mucho la atención y que no solo veo en consulta, sino que también he podido observar en mí misma: podemos llegar a comprender muchísimo sobre nosotros mismos y, aun así, encontrarnos tiempo después reaccionando exactamente igual ante situaciones similares. Y creo que esta es una de las cosas que más frustración puede generar cuando llevas tiempo trabajando en ti, porque llega un momento en el que piensas: si ya sé todo esto, si ya lo he hablado, si ya entiendo de dónde viene y además soy capaz de verlo mientras me está pasando, ¿por qué sigo repitiendo los mismos patrones una y otra vez?


Quizá una parte del problema está en que hemos confundido comprender algo con haberlo integrado. Podemos comprender una experiencia desde la mente, darle sentido, saber de dónde viene e incluso reconocer perfectamente cómo está influyendo en nuestra vida actual, pero las experiencias que vivimos no pasan solamente por nuestros pensamientos. También las vivimos a través del cuerpo y pueden dejar huella en nuestra manera de sentir y reaccionar, de modo que determinadas situaciones siguen despertando sensaciones corporales y respuestas emocionales incluso cuando racionalmente sabemos que ya no estamos en el mismo lugar.


Por eso, para mí, cuando queremos trabajar un patrón no siempre basta con comprenderlo intelectualmente. En algún momento necesitamos incluir también el cuerpo y acercarnos a eso que ocurre en él cuando el patrón se activa, porque es ahí donde podemos entrar en contacto con cómo estamos viviendo realmente esa situación y no solamente con la explicación que hemos construido sobre ella.


Podemos saber, por ejemplo, que tenemos derecho a poner un límite y entender perfectamente por qué nos cuesta hacerlo, pero cuando llega el momento de decir que no quizá aparece una presión en el pecho, un nudo en el estómago o una sensación de miedo que nos lleva de nuevo a ceder. La mente puede tener clarísimo que no estamos haciendo nada malo, mientras nuestro cuerpo continúa reaccionando ante esa situación como si hubiera algo de lo que necesitara protegernos. Y es precisamente esa distancia entre lo que sabemos y lo que seguimos sintiendo la que me parece importante trabajar.



Cuando el autoconocimiento también se convierte en una forma de evitar


Hay personas que saben muchísimo sobre sí mismas. Han hecho terapia, han leído, conocen su estilo de apego, saben cuáles son sus heridas, han estudiado su carta astral, han hecho constelaciones, pueden reconocer determinados patrones familiares e incluso tienen un lenguaje muy elaborado para explicar por qué reaccionan como reaccionan. Y, sin embargo, todo ese conocimiento no siempre va acompañado de un cambio equivalente en su manera de vivir.


No creo que esto ocurra porque ese trabajo no haya servido o porque las herramientas utilizadas no sean válidas. Creo que a veces ocurre algo mucho más sencillo: seguimos intentando resolver desde la comprensión experiencias que no necesitan únicamente ser comprendidas. De hecho, el autoconocimiento puede convertirse sin darnos cuenta en una forma bastante sofisticada de mantenernos alejados de lo que sentimos. Podemos hablar durante horas sobre nuestro miedo al abandono sin entrar realmente en contacto con lo que ocurre dentro de nosotros cuando sentimos que alguien puede irse; podemos conocer perfectamente nuestra dificultad para poner límites y seguir explicando por qué nos cuesta, pero no detenernos nunca en lo que sentimos exactamente cuando tenemos delante a alguien a quien queremos decirle que no.


Incluso podemos ir saltando de una herramienta a otra buscando la pieza que todavía nos falta. Quizá pensamos que necesitamos otra sesión, otra tirada, mirar otro aspecto de la carta, hacer otra constelación o encontrar una explicación diferente que finalmente consiga que todo encaje. Y a veces esa nueva mirada aporta algo importante, por supuesto, pero también puede ocurrir que ya hayamos entendido bastante y que lo que necesitamos no sea seguir acumulando información sobre nosotros mismos. Porque llega un momento en cualquier proceso en el que la pregunta deja de ser solamente “¿por qué me pasa esto?” y empieza a ser “¿qué ocurre dentro de mí cuando esto me pasa?”.


La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia bastante el lugar desde el que nos acercamos a nosotros mismos. En la primera pregunta seguimos buscando una explicación; en la segunda empezamos a entrar en contacto con la experiencia. Y esto no significa que comprender deje de ser importante. Para mí ambas cosas se necesitan. Comprender nos permite ordenar nuestra historia, reconocer patrones y dar sentido a muchas de nuestras reacciones, mientras que acercarnos a cómo vivimos corporal y emocionalmente aquello que estamos descubriendo nos permite trabajar con una dimensión diferente de esa misma experiencia.


Por eso me interesa tanto combinar diferentes herramientas dentro de un mismo proceso. Una constelación puede mostrar una dinámica que no habíamos visto y poner orden al sistema, la astrología puede ofrecernos un lenguaje para comprender determinadas partes de nosotros, el tarot proyectivo puede hacer visible algo que estaba funcionando de manera menos consciente y la psicoterapia puede ayudarnos a comprender nuestra historia y nuestra manera de relacionarnos. Pero después de cualquiera de esas comprensiones podemos detenernos y preguntarnos qué está ocurriendo dentro de nosotros al ver eso.


Entonces, ¿cómo dejamos de repetir lo mismo?


Creo que una de las primeras cosas que necesitamos entender es que un patrón no desaparece simplemente porque hayamos descubierto de dónde viene. Si durante mucho tiempo hemos aprendido a responder de una determinada manera ante ciertas situaciones, es lógico que esa respuesta vuelva a aparecer cuando algo parecido la activa, aunque ahora tengamos mucha más conciencia sobre lo que nos está ocurriendo.


La diferencia está en qué podemos hacer cuando aparece. Siguiendo con el ejemplo anterior, quizá cada vez que intentas poner un límite aparece una sensación de miedo, pero en lugar de quedarnos únicamente con la explicación de por qué está ahí, podemos detenernos y acercarnos a lo que está ocurriendo en ese momento. ¿Qué pasa dentro de ti cuando imaginas que vas a decir que no? ¿Qué es exactamente lo que se activa? ¿Qué sensación aparece en el cuerpo y qué ocurre cuando, en lugar de intentar quitártela de encima o convencerte de que no deberías sentirla, puedes permanecer un momento con ella?


Aquí es donde, para mí, empieza una parte importante del trabajo de integración, porque ya no estamos hablando sobre el miedo desde fuera, sino entrando en contacto con lo que sucede cuando el patrón se pone en marcha. Y esto es algo que podemos incorporar prácticamente desde cualquier tipo de trabajo que estemos realizando. Podemos haber llegado a una comprensión importante a través de la psicoterapia, de una constelación, del tarot, de la astrología o de cualquier otra herramienta que nos haya permitido ver algo que hasta entonces no veíamos. Esa comprensión puede ser muy valiosa, pero si además podemos detenernos en cómo aquello que acabamos de descubrir se está viviendo dentro de nosotros, dejamos de trabajar únicamente con la información y empezamos a trabajar también con la experiencia.


En mis acompañamientos utilizo mucho el Focusing precisamente para esto. No como una terapia separada del resto del proceso, sino como una forma de entrar en contacto con aquello que está ocurriendo en el cuerpo y acompañar lo que va apareciendo. A veces partimos de una sensación muy clara y otras simplemente de algo difícil de definir, una incomodidad, una tensión o ese “no sé qué me pasa, pero hay algo aquí” que todavía no podemos explicar con palabras.

Y no se trata de buscar rápidamente qué significa esa sensación ni de convertir el cuerpo en otro lugar que tengamos que analizar. Se trata de poder estar con aquello que aparece el tiempo suficiente como para permitir que se vaya desplegando, porque muchas veces estamos tan acostumbrados a intentar entender lo que nos pasa que, incluso cuando miramos hacia dentro, seguimos haciéndolo desde la cabeza.


Para mí, integrar tiene que ver con que aquello que hemos comprendido pueda ser también sentido y acompañado desde un lugar diferente. Y aquí hay algo que me parece especialmente importante: cuando entramos en contacto con una sensación no lo hacemos necesariamente para conseguir que desaparezca, sino para aprender a estar presentes con aquello que está ocurriendo, incluso cuando lo que aparece no nos gusta.


Esto puede parecer sencillo, pero en realidad muchas veces hacemos justamente lo contrario. Cuando aparece miedo intentamos tranquilizarnos rápidamente, cuando sentimos ansiedad queremos que se vaya, cuando algo nos duele buscamos una explicación que nos permita controlarlo y cuando aparece una emoción que nos incomoda intentamos cambiarla antes incluso de haber podido estar realmente con ella. De alguna manera, hemos aprendido que sentir determinadas cosas es un problema y que nuestra tarea consiste en dejar de sentirlas cuanto antes.

Sin embargo, parte del trabajo corporal consiste precisamente en poder vivir algo diferente: sentir miedo y permanecer ahí sin tener que reaccionar inmediatamente para eliminarlo, notar la incomodidad que aparece cuando ponemos un límite y comprobar que podemos sostenerla, o sentir la angustia que se activa cuando alguien se distancia sin tener que correr automáticamente detrás de esa persona para conseguir que desaparezca.


Desde mi perspectiva, aquí la aceptación tiene un papel fundamental, aunque a veces entendamos aceptar como resignarnos o conformarnos con lo que nos ocurre. Aceptar, en este contexto, tiene mucho más que ver con poder reconocer que esto es lo que estoy sintiendo ahora y dejar de luchar durante un momento contra ello. No necesito que me guste, no necesito querer sentirlo y tampoco significa que vaya a quedarme ahí para siempre, pero sí puedo empezar a relacionarme de otra manera con esa experiencia.

Porque cada vez que conseguimos permanecer presentes ante algo que antes nos llevaba automáticamente a reaccionar, estamos haciendo algo diferente. Si hasta ahora la distancia de alguien activaba miedo y ese miedo me llevaba inmediatamente a buscarle, a escribirle o a intentar recuperar el vínculo, poder sentir esa misma activación sin tener que responder de la manera habitual abre una posibilidad que antes quizá no existía.

Y es ahí donde podemos empezar a ofrecerle también a nuestro sistema nervioso una experiencia nueva: comprobar, poco a poco, que esa sensación puede estar presente sin que necesariamente tengamos que recorrer el camino de siempre. No se trata de decirle al cuerpo que no pasa nada ni de convencerlo desde la mente, sino de ir viviendo experiencias en las que aquello que antes desencadenaba una respuesta automática pueda ser acompañado de otra manera.


Quizá por eso cambiar un patrón tiene menos que ver con conseguir que nunca vuelva a aparecer y más con lo que sucede cuando aparece. El miedo puede volver, la inseguridad puede volver, la necesidad de hacer aquello que siempre hemos hecho también puede volver, pero entre esa sensación y nuestra respuesta puede empezar a existir un espacio que antes no estaba, y es precisamente dentro de ese espacio donde podemos empezar a hacer algo diferente. Porque integrar no significa dejar de sentir aquello que un día aprendimos a sentir, sino poder estar con ello sin que siga decidiendo siempre por nosotros.

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