top of page

¿Por qué es tan importante trabajar con nuestra niña interior?

31 oct 2025
7 min de lectura

Actualizado: 12 ago

Cuando hablamos de la niña interior, a veces imaginamos literalmente a la niña que fuimos, pero no se trata exactamente de eso. Hablamos de nuestra parte infantil o regresiva: esa parte de nuestra personalidad que conserva heridas, miedos y formas de reaccionar que se construyeron cuando todavía no teníamos los recursos emocionales que tenemos hoy. Es una parte sensible y vulnerable que, cuando se activa, puede hacernos sentir y reaccionar desde un lugar mucho más pequeño que nuestra edad adulta. Por eso podemos tener cuarenta años, saber perfectamente qué sería razonable hacer o sentir ante una situación y, por dentro, sentir miedo, impotencia o una necesidad profunda de protección. Porque una niña no interpreta lo que ocurre como lo haría una adulta.


Si papá o mamá están emocionalmente ausentes, una niña no suele pensar que quizá están atravesando sus propios problemas, que están desbordados por las obligaciones diarias o que no saben hacerlo mejor. Simplemente piensa que no es lo suficientemente buena o importante para ellos.

Si recibe cariño principalmente cuando se porta bien, cuando obtiene buenas notas o cuando no molesta, puede aprender que para ser querida tiene que cumplir determinadas expectativas.

Si cuando llora escucha constantemente que no es para tanto, puede aprender que aquello que siente es exagerado y aprender a reprimir sus sentimientos. Si tiene miedo y nadie puede acompañarla en ese miedo, quizá aprende que tiene que apañárselas sola. Y así vamos creciendo.


El problema es que cumplir años no hace desaparecer automáticamente todo lo que aprendimos sobre nosotras mismas, sobre los demás y sobre los vínculos. Algunas de esas experiencias permanecen dentro y pueden seguir activándose muchos años después, especialmente cuando algo en el presente toca esa herida no sanada.



Cuando la niña aparece en nuestra vida adulta


Imagina que estás empezando a conocer a alguien y un día tarda mucho más de lo habitual en contestarte. Tu parte adulta puede entender que no haya contestado porque está, quizá ha tenido un día complicado y no ha pensado más en el mensaje, puede estar con amigos o simplemente puede no haber mirado el teléfono. Pero dentro de ti puede empezar a aparecer inquietud e inseguridad. Quizás te encuentras mirando el teléfono varias veces y empiezas a preguntarse si has dicho o hecho algo que no debías. Repasas vuestra última conversación. Pero no solo eso, piensas que posiblemente ha perdido el interés y ya empiezas a prepararte mentalmente para que la relación termine.


La intensidad de lo que estás sintiendo parece mucho mayor que la situación que tienes delante. Y es que no siempre estamos reaccionando únicamente a lo que está ocurriendo ahora. A veces una situación presente toca algo que ya conocemos emocionalmente. Puede tocar el miedo a no ser elegida, a ser abandonada, a dejar de importar, a que el otro desaparezca o a no ser suficientemente valiosa para que alguien se quede. Y ahí es donde podemos encontrarnos con nuestra niña interior.


El problema no es que aparezca la niña


El objetivo nunca debe ser que la niña desaparezca. Tampoco convertirnos en personas a las que nada les afecta, que nunca sienten miedo, inseguridad, tristeza o necesidad. Eso no es posible.


Nuestra vulnerabilidad forma parte de nosotras, y es necesario que siga siendo así. El problema aparece cuando esa parte vulnerable se activa con tanta intensidad que empieza a tomar decisiones por nosotras. Entonces podemos perseguir al otro buscando tranquilidad, necesitar constantemente señales de que todo está bien, enfadarnos de manera desproporcionada si no conseguimos lo que creemos que debe ser, alejarnos antes de que puedan abandonarnos, intentar agradar para asegurarnos de que no se marchen o interpretar pequeños cambios como señales de peligro.

Y muchas veces, después de reaccionar, aparece nuestra parte adulta exigente. Otra vez estás igual. No deberías sentirte así. Con todo lo que has trabajado, ¿todavía te afecta esto? No puedes depender tanto de alguien. Deja de hacer dramas. Eres una inútil. Etc.


Y aquí ocurre algo muy importante. Hay una parte de nosotras que tiene miedo, a la que llamamos la niña, y en lugar de acercarnos a ella para comprender qué está ocurriendo, volvemos a rechazarla reproduciendo internamente aquello que quizá tantas veces nos dolió fuera: no sentirnos escuchadas, comprendidas o acompañadas cuando algo nos desbordaba.


A veces seguimos tratando a nuestra niña como la trataron los demás


¿Cómo reaccionas contigo cuando aparece la vulnerabilidad? Hemos interiorizado determinadas formas de tratarnos. Si crecimos escuchando que éramos demasiado sensibles, quizá hoy somos nosotras quienes nos decimos que exageramos. Si aprendimos que llorar era una debilidad, quizá nos incomoda profundamente sentirnos vulnerables. Si sentimos que teníamos que hacerlo todo bien para recibir reconocimiento, podemos habernos convertido en adultas extremadamente exigentes con nosotras mismas y no permitirnos ningún fallo.

Entonces ya no necesitamos que nadie venga desde fuera a exigirnos, juzgarnos o invalidarnos, porque ya lo hacemos nosotras mismas.


Por eso trabajar con la niña interior no consiste únicamente en mirar lo que nos ocurrió en el pasado. También implica observar qué relación mantenemos hoy con esa parte de nosotras que un día fue herida. Porque quizá esa niña que necesitaba comprensión sigue encontrándose, treinta o cuarenta años después, con alguien que le dice que debería espabilar. Solo que ahora esa persona somos nosotras mismas.


Sanar a la niña no significa dejar que dirija nuestra vida


Los extremos nunca son buenos, y escuchar nuestra herida no significa justificar cualquier comportamiento porque “es nuestra niña interior”. Comprender de dónde viene una reacción no nos exime de responsabilizarnos de lo que hacemos con ella.

Podemos entender nuestro miedo al abandono y, al mismo tiempo, aprender a no controlar al otro. Podemos comprender nuestra necesidad de sentirnos elegidas sin exigir constantemente pruebas de amor. Podemos reconocer que algo nos ha dolido sin convertir automáticamente ese dolor en una verdad sobre lo que el otro siente o piensa.


Para mí, ahí empieza a aparecer una adulta interna diferente. Una adulta capaz de acercarse a esa parte vulnerable y decirle: entiendo que esto te dé miedo. Entiendo por qué esta situación te toca tanto. Voy a escucharte. Pero ahora me ocupo yo.


Hay una imagen que me gusta especialmente para explicarlo. La niña puede viajar con nosotras, pero no debería conducir el coche. Tampoco sirve encerrarla en el maletero y fingir que no existe. Probablemente acabará encontrando alguna manera de hacerse escuchar.

El trabajo consiste en poder llevarla con nosotras, escuchar cuándo tiene miedo, comprender qué necesita y, aun así, permitir que sea nuestra parte adulta quien decida hacia dónde vamos.


No siempre reconocemos fácilmente a nuestra niña interior


Además, la vulnerabilidad no siempre tiene el aspecto que imaginamos, y aparece llorando, pidiendo cariño o diciendo que tiene miedo. Muchas veces, al menos lo que yo he visto en consulta, la niña aparece detrás de una mujer que necesita tenerlo absolutamente todo bajo control, de alguien que se exige constantemente, que intenta hacerlo todo perfecto para no equivocarse, que necesita agradar constantemente, que siempre intenta evitar el conflicto, que se anticipa continuamente a lo que necesitan los demás, incluso que ha aprendido a no necesitar nunca a nadie.


Hay personas que han construido una enorme autosuficiencia alrededor de una parte muy vulnerable. Y esto no es porque no necesiten apoyo o cuidado. Normalmente es porque en algún momento aprendieron que necesitarlos era peligroso.


Por eso trabajar con nuestra niña interior también requiere aprender a reconocer las estrategias que desarrollamos para protegerla. Algunas de ellas fueron tremendamente útiles en determinado momento de nuestra vida. El problema aparece cuando seguimos utilizándolas muchos años después, aunque nuestra realidad ya sea otra.


Entonces, ¿qué significa sanar a nuestra niña interior?


Para mí, sanar a la niña signfica a esa parte de nosotras de otra manera. Aprender a escucharla sin ridiculizarla, atacarla, juzgarla o regañarla. Comprender qué se está activando cuando una situación nos desborda. Diferenciar lo que está ocurriendo ahora de lo que ocurrió entonces. Reconocer qué necesitábamos en ese momento y quizá no pudimos recibir. Y, poco a poco, desarrollar una parte adulta capaz de ofrecer internamente algo diferente. Una adulta que no la juzgue, no la abandone nuevamente y no intente hacerla desaparecer. En definitiva, una adulta que pueda escucharla y decirle: “Te veo. Entiendo que esto te duela. Pero esta vez no estás sola. Ahora estoy yo.”


¿Cómo podemos trabajar con nuestra niña interior?


No existe una única manera de trabajar con nuestra niña interior, ni creo que necesariamente tengamos que elegir un solo camino. Podemos acercarnos a ella desde diferentes lugares, y muchas veces son miradas que se complementan porque nos permiten acceder a capas distintas de una misma experiencia. Cada una trabaja desde un lugar diferente y, dependiendo de la persona, del momento y de aquello que esté apareciendo, puede ser más adecuado entrar por una puerta u otra.


Desde la psicoterapia, por ejemplo, podemos comprender nuestra historia, elaborar experiencias que nos han marcado y observar cómo determinadas heridas siguen influyendo en nuestra manera de sentir, pensar o relacionarnos.


También podemos acercarnos desde el cuerpo. A veces entendemos perfectamente lo que nos ocurre, pero cuando algo nos activa, el cuerpo sigue reaccionando antes de que podamos razonarlo. A través del Focusing podemos prestar atención a esas sensaciones, dar espacio a lo que está ocurriendo internamente y entrar en contacto con experiencias que quizá todavía no han podido desplegarse o integrarse.


La mirada sistémica nos permite ampliar todavía más el foco. Porque no todo empieza necesariamente en nuestra historia individual. Algunas formas de relacionarnos, determinados miedos o maneras de posicionarnos pueden estar vinculados también a las dinámicas que hemos vivido dentro de nuestro sistema familiar. Mirar nuestra historia desde ahí puede ayudarnos a comprender qué lugar aprendimos a ocupar y qué seguimos reproduciendo en nuestra vida adulta.


También podemos trabajar desde lo proyectivo y lo simbólico, utilizando imágenes, cartas, arquetipos u otros elementos que nos permitan expresar algo que quizá todavía resulta difícil poner en palabras. A veces una imagen, una elección aparentemente espontánea o aquello que proyectamos sobre un símbolo nos permite acercarnos a contenidos internos desde un lugar diferente al puramente racional.


Y también existe el trabajo energético, que puede utilizarse como acompañamiento para trabajar determinados bloqueos o facilitar procesos de liberación y movimiento interno.


¿Sientes que hay una parte de ti que necesita ser escuchada?


A veces sabemos que hay algo que nos está afectando, pero no conseguimos llegar solas hasta el lugar desde el que poder trabajarlo. Y no siempre necesitamos tener claro qué nos pasa antes de pedir acompañamiento.


En mis sesiones podemos explorar juntas qué está ocurriendo y encontrar la manera de abordarlo que tenga más sentido para ti y para el momento en el que te encuentras. No trabajo desde una única técnica ni desde un método cerrado, sino integrando diferentes herramientas en función de lo que vaya apareciendo durante el proceso.


Si sientes que ha llegado el momento de mirar algo que lleva tiempo pidiendo tu atención, puedes escribirme por WhatsApp o contactar conmigo a través de la web www.maipareja.com para contarme brevemente qué te está ocurriendo y valorar cómo puedo acompañarte.






Comentarios


bottom of page