top of page

Por qué no puedes cambiar tu mentalidad aunque lo intentes (y qué está pidiendo realmente tu cuerpo)

Actualizado: hace 17 horas

Hay personas que no se resisten al cambio. Todo lo contrario. Lees, trabajas en ti, te observas, te cuestionas. Sabes detectar tus creencias, entiendes de dónde vienen y hasta puedes explicarlas con claridad. Desde fuera parece que lo estás haciendo todo bien. Y aun así, algo no se mueve.

No es que no avances. Es peor: avanzas, pero no llegas. Siempre hay una parte que se queda atrás, repitiendo la misma sensación de fondo. Y llega un punto en que el cansancio no viene de lo que te pasa, sino de intentar cambiarlo todo el tiempo.


En los procesos de acompañamiento que realizo, esto aparece con mucha frecuencia: personas muy conscientes, muy trabajadas, muy comprometidas… y profundamente agotadas por dentro.

Mujer atrapada en un frasco de cristal, simbolizando el bloqueo emocional que impide cambiar la mentalidad y avanzar en la vida.

Cuando mejorar se convierte en otra forma de tensión


Cambiar la mentalidad se ha convertido casi en una obligación. Si algo duele, hay que trabajarlo. Si aparece un bloqueo, hay que entenderlo. Si no avanzas, algo estás haciendo mal. Pero hay una trampa silenciosa en todo eso: seguir empujando cuando el cuerpo ya no puede más.


Muchas personas no están bloqueadas por falta de conciencia, sino por exceso de esfuerzo interno. El cuerpo sostiene esa exigencia aunque la mente la vista de crecimiento personal. Ahí suele aparecer ese desgaste del que hablo cuando explico qué pasa cuando el cuerpo sostiene demasiado.


La mente no está fallando: está agotada


La mente analiza, observa, intenta corregir. Pero no puede hacer el trabajo sola.

Cuando una experiencia fue demasiado intensa, demasiado larga o demasiado solitaria, no se procesa con ideas. Se queda registrada como tensión, como cierre, como vigilancia.

Ahí la mente entra en modo gestión permanente. Intenta anticipar, entender, prevenir. No porque sea obsesiva, sino porque el cuerpo todavía no se siente seguro. Ese estado de alerta constante es lo que ocurre cuando el sistema nervioso vive en modo supervivencia.

Mientras ese estado continúa, ningún pensamiento nuevo termina de asentarse. No porque no sea verdadero, sino porque no hay espacio interno para integrarlo.


El cuerpo es quien paga el precio del intento


Cuando algo no cambia pese al trabajo mental, suelen aparecer señales claras en el cuerpo: cansancio que no se va, sensación de freno interno, rigidez, presión o una alerta de fondo incluso cuando “todo está bien”. No es resistencia. Es sobrecarga.


Muchas veces lo que llamamos “no consigo cambiar” es en realidad un bloqueo emocional: una experiencia que no pudo procesarse del todo y que el cuerpo sigue sosteniendo, aunque la mente ya la haya entendido.


Cambiar no es empujar más, es cambiar el lugar desde el que miras


Aquí es donde muchas personas se pierden. Creen que necesitan más disciplina, más constancia, más herramientas. Cuando en realidad lo que hace falta es bajar del pensamiento al cuerpo.


El cambio profundo no empieza cuando piensas distinto, sino cuando el cuerpo deja de estar en guardia. Aprender a escuchar ese lenguaje corporal —ese que habla en forma de sensaciones, tensiones o cansancio— permite que algo se afloje sin forzarlo.

No se trata de convencerte de nada nuevo. Se trata de crear las condiciones internas para que lo nuevo pueda asentarse.


Dejar de empujar y empezar a escuchar


Desde un enfoque corporal, el trabajo no va de corregir lo que piensas, sino de notar cómo está el cuerpo ahora mismo con eso que intentas cambiar. A veces aparece como un nudo. Otras como una presión. O como una sensación difusa de cansancio o cierre.

Cuando te quedas con esa sensación sin exigirle que cambie, ocurre algo contraintuitivo: empieza a moverse sola. El cuerpo reconoce que ya no necesita sostener la tensión para ser escuchado.

Ese cambio no es mental. Es fisiológico. Y cuando sucede, la mente deja de luchar. No porque te rindas, sino porque ya no hace falta seguir empujando.


Cuando primero hay que descargar


Hay momentos en que la carga es tan alta que ni siquiera es posible entrar en esa escucha. El cuerpo está saturado. En esos casos, tiene sentido un trabajo previo que alivie el sistema antes de profundizar.

No para cambiar nada, sino para que el cuerpo salga del modo supervivencia. Después, cuando hay más espacio interno, el trabajo corporal y emocional puede darse con mucha más suavidad y profundidad.


La verdad incómoda sobre el cambio personal


No siempre estás bloqueada porque no hayas trabajado suficiente. A veces estás bloqueada porque has trabajado demasiado desde el lugar equivocado.

El cuerpo no necesita más correcciones. Necesita descanso, espacio y una escucha que no venga acompañada de exigencia.


Conclusión: cuando dejas de forzarte, algo se recoloca


El cambio real no llega cuando te convences de algo nuevo, sino cuando el cuerpo deja de sostener lo viejo. Y eso no ocurre por voluntad, sino por presencia.


Si sientes que te esfuerzas mucho y avanzas poco, quizá no necesites más herramientas. Quizá necesites un acompañamiento que te ayude a bajar al cuerpo y dejar de hacerlo sola.


Este tipo de trabajo forma parte de los procesos de acompañamiento que realizo en áreas como la salud, las relaciones, la economía o los momentos de bloqueo vital: no para empujarte a cambiar, sino para crear las condiciones internas donde el cambio puede ocurrir sin violencia contigo.












Comentarios


bottom of page