Diferencia entre liberar energía y procesar una emoción
- Mai Pareja
- 28 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Liberar energía es quitar peso de encima. Procesar una emoción es aprender a sostener lo que aparece cuando el peso ya no está.
Aunque a menudo se usen como si fueran lo mismo, estos dos movimientos son distintos y ocurren en momentos diferentes del proceso. Confundirlos suele generar expectativas que luego no se cumplen y la sensación de que “algo no terminó de funcionar”, cuando en realidad el cuerpo está haciendo lo que sabe hacer.

Cuando el cuerpo suelta un peso que llevaba tiempo sosteniendo
Una carga energética no siempre se percibe como algo concreto. Muchas veces no tiene forma ni nombre. Es más bien un fondo de tensión, una sensación de tener que aguantar, de mantenerse firme para que todo no se desborde. El cuerpo aprende a convivir con ese peso porque, en algún momento, fue la única manera de seguir adelante.
Cuando se trabaja a nivel energético —por ejemplo, a través del péndulo hebreo— ese peso puede soltarse. El cuerpo deja de hacer fuerza. Se produce un alivio inicial, una sensación de espacio, de ligereza o de mayor claridad.
Pero ese mismo espacio también implica que ya no hay nada amortiguando lo que estaba contenido. Por eso, después de una liberación energética, el sistema no siempre entra directamente en calma.
El momento en el que la emoción puede aparecer
Mientras una carga energética está presente, la emoción suele quedar en segundo plano. No desaparece, pero se mantiene contenida, como si el cuerpo dijera: “Ahora no, no es seguro”. Esa contención no es un error, es una estrategia de supervivencia.
Cuando el peso se va, el cuerpo recupera sensibilidad. Y con esa sensibilidad, las emociones que habían quedado guardadas pueden emerger. No llegan porque algo se haya activado de repente, sino porque ahora hay espacio suficiente para sentirlas.
Aquí suele aparecer la confusión: se esperaba alivio continuo y aparece tristeza, cansancio o una sensibilidad inesperada. Pero lo que está ocurriendo es que el cuerpo ya no necesita protegerse de la misma forma.
Procesar una emoción es aprender a sostener lo que llega
Procesar una emoción no es forzar nada ni provocar una descarga. Es permitir que el cuerpo termine una experiencia que había quedado interrumpida. Y eso requiere presencia, no intervención.
Aquí es donde enfoques como el Focusing resultan especialmente útiles, porque no empujan a la emoción ni intentan corregirla. Acompañan al cuerpo para que pueda estar con lo que aparece sin volver a cerrarse.
Procesar no es quedarse atrapada en lo que se siente. Es dejar que la emoción haga su recorrido natural hasta que pierde intensidad y se integra. A veces es rápido, otras veces necesita tiempo. El cuerpo sabe cuánto puede sostener en cada momento.
Liberar y procesar: dos movimientos del mismo camino
Liberar energía y procesar emoción no compiten. Se complementan. Liberar energía abre espacio. Procesar emoción enseña al cuerpo a habitar ese espacio sin volver a tensarlo.
Hay procesos en los que primero es necesario aligerar el sistema para que luego la emoción pueda aparecer. Y otros en los que ya no hace falta tocar nada a nivel energético, porque lo que pide atención es lo que el cuerpo está sintiendo ahora.
Si después de una liberación energética aparecen emociones, no es una señal de que estés peor. Muchas veces es la señal de que el cuerpo ya no necesita anestesiarse para seguir funcionando. Está más abierto, más sensible, más disponible. Y aunque eso no siempre sea cómodo, suele ser un paso importante hacia una regulación más profunda.
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