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¿Por qué nadie me elige? Cuando siempre terminas siendo la segunda opción

Hay una frase que escucho muchísimo en consulta, en círculos de mujeres y también por redes sociales. No siempre con las mismas palabras, pero sí con el mismo fondo: "Siempre me pasa lo mismo.", "Al final nunca me eligen a mí.", "Siempre termino siendo la segunda opción." Y cada vez que alguien me dice, o escucho, esto, pienso que esa frase habla de algo mucho más profundo que una mala experiencia amorosa.

Porque una cosa es que una relación no funcione. Eso nos puede pasar a todos. Pero otra muy distinta es que esa misma sensación aparezca una y otra vez con personas diferentes, que vuelvas a sentir que ocupas un segundo lugar en la vida del otro.


Cuando eso empieza a repetirse, deja de parecer una casualidad. Y ahí es donde, para mí, merece la pena dejar de mirar solo a las personas que aparecen y empezar a preguntarse qué lugar estás ocupando tú dentro de esas relaciones.



Cuando el miedo a perder el vínculo empieza a dirigir la relación


Con el tiempo me he ido dando cuenta de que muchas personas que sienten que nunca terminan de ser elegidas, desde muy pronto, empiezan a estar más pendientes de que la relación no se rompa que de comprobar si realmente están bien dentro de ella.


No suele hacerse de forma consciente. De hecho, desde fuera puede parecer simplemente una persona paciente, comprensiva o que sabe respetar los tiempos del otro. Pero cuando profundizas un poco, muchas veces lo que descubres detrás de esa paciencia es miedo. Miedo a ocupar tu espacio, a pedir demasiado pronto, quizás a parecer intensa, a incomodar o a que el otro se aleje si expresa lo que realmente necesita.


Y cuando ese miedo empieza a dirigir la relación, casi sin darte cuenta empiezas a hacer pequeños movimientos para conservar el vínculo. Das un poco más de margen, justificas comportamientos que en realidad te generan rechazo y malestar, esperas una explicación que nunca termina de llegar o te convences de que quizá todavía es demasiado pronto para hablar de ciertas cosas.


El problema no es hacer una de esas cosas de forma puntual. Todos podemos hacerlo alguna vez, y ceder de vez en cuando también forma parte de un vínculo sano. El problema aparece cuando esa forma de relacionarte termina convirtiéndose en tu manera habitual de estar en pareja.


El lugar que ocupas sin darte cuenta


Hay una idea que repito bastante en consulta porque creo que ayuda a entender muchas dinámicas de pareja. No solo elegimos personas; también ocupamos un lugar dentro de la relación, al igual que ocupamos un lugar en un trabajo. Y, aunque normalmente no somos conscientes de esto, ese lugar influye muchísimo en cómo acaba organizándose el vínculo.


Si tú ocupas casi siempre el lugar de quien espera, es fácil que acabes sosteniendo durante mucho tiempo situaciones ambiguas, porque la espera empieza a formar parte de la propia dinámica. Si constantemente te adaptas para que la relación funcione, es muy posible que cada vez haya menos espacio para lo que tú necesitas. Y si toda tu energía está puesta en no perder al otro, llega un momento en que dejas de preguntarte si tú también estás ocupando un lugar importante en esa historia.


¿Por qué siempre aparecen personas que no me eligen?


Cuando has vivido varias relaciones parecidas es muy fácil llegar a la conclusión de que tienes mala suerte o que, por alguna razón, siempre atraes al mismo tipo de personas. De hecho, es una de las primeras cosas que me dicen cuando vienen a consulta. Y, aunque entiendo esa sensación, no sé si hablaría tanto de atraer. Creo que lo que ocurre es un poco más complejo.


Las relaciones no las construye una sola persona. Siempre hay dos formas de vincularse que, por algún motivo, terminan encontrándose. Por eso no creo que la pregunta más útil sea por qué aparecen personas que no te eligen, sino qué hace que tú puedas permanecer durante tanto tiempo en una relación donde no te sientes elegida.

Porque hay personas que, cuando perciben esa ambigüedad al principio, deciden marcharse sin pensarlo demasiado. Otras necesitan hablarlo para entender qué está ocurriendo. Y otras, sin darse cuenta, empiezan a esperar. Esperan a que el otro tenga más claro lo que siente, a que pase ese momento complicado, a que desaparezcan sus miedos o a que, con el tiempo, la relación termine ocupando el lugar que ellas esperan.

Y muchas veces esa espera no nace de una decisión consciente, sino de una forma de relacionarse que ya estaba ahí antes de conocer a esa persona.


Por eso cambiar de pareja no siempre cambia el patrón. Porque, si el lugar desde el que te vinculas sigue siendo el mismo, es muy fácil que la dinámica vuelva a parecerse, aunque la historia sea distinta.


Cuando este patrón viene de mucho antes


A veces tiene que ver con cómo aprendimos a relacionarnos de pequeños. Si creciste sintiendo que tenías que adaptarte para mantener el vínculo, que no podías molestar demasiado o que era mejor conformarte con lo que había, es posible que esa manera de colocarte en las relaciones siga acompañándote hoy, aunque ya seas adulta.


Otras veces, en cambio, cuando miramos la historia familiar aparecen cosas muy interesantes. Mujeres que nunca fueron elegidas, relaciones ocultas, personas que ocuparon siempre un segundo lugar o historias donde comprometerse tuvo un coste muy alto.


¿Significa eso que siempre haya una lealtad familiar detrás? No. Pero sí significa que, en ocasiones, hay historias que dejan una huella en la forma en la que después entendemos el amor y el lugar que sentimos que podemos ocupar dentro de una relación. Y eso me parece importante, porque muchas personas interpretan estos patrones como un defecto personal, cuando en realidad suelen tener una historia detrás.


¿Y cómo se cambia algo que llevas haciendo toda la vida?


Hay veces que pienso que entender un patrón puede ser casi una trampa. Lo digo porque muchas personas llegan a un momento en el que por fin ponen nombre a lo que les pasa, pero, luego, cuando vuelven a vivir una situación parecida, reaccionan igual. Y eso suele generar mucha frustración.


"Entonces, ¿de qué me sirve haberlo entendido si sigo haciendo lo mismo?" Creo que esa es una de las preguntas más difíciles de responder, porque entender algo no hace que desaparezca automáticamente. Hay maneras de relacionarnos que llevan tanto tiempo con nosotros que casi forman parte de nuestra forma de movernos por el mundo. No las elegimos cada mañana, como la ropa o el desayuno. Simplemente aparecen.

Por eso yo no entiendo estos procesos como algo que pase únicamente por comprender. Ojalá fuera tan sencillo. Si lo fuera, bastaría con leer un artículo, tener una conversación o hacer clic en algún sitio para dejar de repetir un patrón. Y la realidad es que nunca ocurre así.


Con el tiempo me he dado cuenta de que el cambio empieza cuando puedes quedarte un rato mirando qué ocurre dentro de ti justo en ese momento en el que vuelves a hacer lo mismo de siempre, cuando piensas en poner un límite o contemplas la posibilidad de que esa relación acabe terminando.


Si quieres trabajar este patrón para poder dejar de sentirte la segunda opción y empezar a vincularte desde un lugar donde sí te elijan, puedes leer más sobre cómo trabajo o ver mi enfoque aquí → Cómo trabajo conflictos y patrones repetitivos en las relaciones







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