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Me quieren para un rato, pero cuando quieren algo serio eligen a otra

17 sept 2024
6 min de lectura

Actualizado: 8 ago

A veces cambia la forma de decirlo, pero la sensación suele ser la misma. Conocen a alguien, hay atracción, empiezan a verse, parece que existe interés entre ambos… pero la relación nunca termina de avanzar. O bien no está preparado, o no sabe lo que quiere, necesita tiempo, acaba de salir de una relación o simplemente dice que no busca nada serio. Y después, cuando menos se espera, la relación se enfría y aparece otra mujer con la que sí construye la relación que decía no querer.


Después de vivir esto varias veces es muy normal pensar: «El problema debo de ser yo». Y muchas veces, la gran mayoría, por lo que he podido comprobar en consulta, esa conclusión acaba aterrizando en el físico. Si estuviera más delgada, si fuera más guapa, si tuviera otro cuerpo, si fuera más joven, o atractiva. Pero cuando una situación se repite una y otra vez, yo no me preocuparía tanto por el físico y buscaría comprender qué lugar estoy ocupando yo dentro de mis relaciones. Porque si esos hombres, desde un inicio, sienten atracción, mantienen relaciones sexuales, buscan tu compañía, vuelven, escriben y sostienen cierto vínculo contigo, ¿por qué concluimos automáticamente que la explicación de que no quieran comprometerse es tu físico?



Cuando cambia la persona, pero no cambia tu lugar

Que una persona concreta no quiera tener una relación contigo no significa necesariamente que exista un patrón. A veces nos enamoramos de alguien que no siente lo mismo, encontramos personas en momentos vitales diferentes o simplemente queremos cosas distintas. Pero el problema, en realidad, no está ahí.


Cuando siempre aparecen hombres emocionalmente poco disponibles, relaciones que nunca terminan de definirse, personas que ya tienen pareja, vínculos en los que esperas durante meses a que el otro se decida, relaciones donde das mucho más de lo que recibes, historias en las que siempre parece existir algo que impide que tú ocupes completamente el lugar de pareja, yo dejaría de mirar al hombre y empezaría a mirar si el "no ser elegida" se ha convertido en identidad.

Porque cuando una mujer vive varias experiencias de estas, ya no llega limpia al siguiente vínculo. Puede entrar pendiente de detectar cuándo aparecerá “la otra”, comparándose, interpretando distancias, esforzándose por resultar suficientemente interesante, atractiva o fácil de querer. Y, paradójicamente, toda su atención se coloca en si va a ser elegida, en lugar de lo que realmente quiere y si ella está eligiendo a esa persona porque lo que le ofrece se parece a la relación que quiere.


A veces aprendimos muy pronto cuál era nuestro lugar


Nuestra manera de relacionarnos no empieza con nuestra primera pareja. Mucho antes ya hemos observado relaciones. Hemos visto cómo se querían nuestros padres, qué lugar ocupaba cada uno, quién perseguía a quién, quién esperaba, quién cedía, quién tenía el poder, quién necesitaba constantemente la atención del otro.

Y también hemos vivido nuestra propia experiencia dentro de la familia. Quizá aprendiste que para recibir atención tenías que esforzarte mucho, quizá había alguien emocionalmente poco disponible, o sentías que tenías que portarte bien, no molestar o adaptarte para mantener el vínculo. O puede que el amor sí estuviera, pero fuera imprevisible: unas veces había mucha cercanía y otras veces distancia absoluta.


Todo eso va construyendo una idea de lo que significa relacionarse, y casi nunca es de manera consciente. Por eso, cuando años después aparece una persona que nos hace esperar, que se acerca y se aleja, o que nunca termina de estar disponible, puede ocurrir algo contradictorio: por una parte, sufrimos muchísimo dentro de esa relación, pero al mismo tiempo nos cuesta horrores salir de ella. Y esto no es por masoquismo, sino porque nuestro sistema nervioso reconoce eso como algo normal.


También podemos estar repitiendo historias que no empezaron con nosotras


Desde una mirada sistémica, hay otras preguntas que me parecen especialmente interesantes cuando me llegan estos casos: ¿Qué historias de pareja han vivido las mujeres de tu familia?, ¿qué lugar ocupaba mamá respecto a papá?, ¿se sintió elegida?, ¿había que competir por la atención?, ¿qué aprendiste viendo las relaciones de los adultos?, ¿qué ocurrió con las mujeres que sí fueron elegidas?, ¿ser pareja significaba seguridad o sufrimiento?, ¿qué mujeres quedaron fuera?, ¿hubo secretos o triángulos?


Quizá, en tu historia familiar, hubo mujeres que vivieron toda su vida esperando a un hombre, mujeres que fueron amantes, mujeres abandonadas por otra, mujeres que tuvieron que competir por el amor, mujeres para quienes ser elegidas tampoco significó precisamente vivir felices.


Desde el trabajo sistémico podemos explorar si existe alguna identificación o lealtad con esas historias. Esto no significa que si tu abuela fue amante tú estés condenada a serlo. No funciona exactamente así. Y tampoco podemos explicar nuestras relaciones actuales únicamente mirando el árbol familiar. Pero sí es cierto que, algunas veces, resulta revelador preguntarnos qué hemos aprendido, consciente o inconscientemente, acerca del lugar que puede ocupar una mujer dentro de una relación, porque quizá dentro de tu historia familiar ser «la elegida» tampoco era un lugar demasiado seguro.


¿Y si ser elegida también diera miedo?


Cuando una mujer sufre porque nunca termina de ser elegida, toda nuestra atención se dirige hacia los hombres que no se comprometen con ella, pero pocas veces nos preguntamos qué ocurre en ella cuando aparece alguien que sí está disponible, que sí la elige. Alguien que quiere verla, que muestra interés, que no juega a desaparecer, que expresa claramente que quiere construir algo con ella. ¿Atracción? ¿Aburrimiento? ¿Desconfianza? ¿Agobio? ¿Ganas de escapar? ¿Empieza a encontrar defectos? ¿Deja de desearlo? ¿Siente que falta "algo"?


Cuando alguien nos elige ya no estamos solamente fantaseando con una relación, tenemos que entrar en ella, dejarnos conocer, mostrar nuestras necesidades y debilidades, poner límites, negociar, discutir, depender en cierta medida de otra persona, y aceptar que aquello que amamos también podemos perderlo y sufrir. Y, a veces, perseguir a alguien imposible nos mantiene ocupadas intentando conseguir amor mientras, paradójicamente, eso mismo nos protege de experimentar todo lo que supone recibirlo.


De "¿me elegirá?" a "¿yo lo estoy eligiendo?


Cuando llevas varias relaciones sintiendo que nunca eres la elegida, puede llegar un momento en el que dejas de entrar en las relaciones preguntándote qué quieres tú y toda tu atención empieza a estar puesta en el otro. ¿Le gusto? ¿Me escribirá? ¿Querrá verme? ¿Estará con otra? ¿Se acabará enamorando? ¿Esta vez sí me elegirá?


Sin darte cuenta, la relación se convierte en una especie de examen en el que la otra persona tiene el poder de darte el aprobado. Entonces empiezas a intentar ser suficientemente interesante, suficientemente atractiva, suficientemente comprensiva, suficientemente sexual, suficientemente independiente o suficientemente poco exigente para que finalmente alguien diga: "Sí. Tú. Siempre has sido tú." Pero mientras intentas conseguir que te elijan, dejas de preguntarte qué estás eligiendo tú. ¿Te gusta cómo te trata esa persona? ¿Puede darte el tipo de relación que quieres? ¿Te sientes tranquila dentro de ese vínculo? ¿Puedes ser tú o estás continuamente intentando no hacer nada que pueda alejarlo? ¿Estás construyendo una relación o esperando a que algún día empiece?


Porque quizá el cambio no consiste solamente en conseguir que alguien finalmente te coloque en primer lugar, sino en comprender cómo has aprendido tú a ocupar el lugar que ocupas cuando amas. Y, poco a poco, empezar a colocarte en un lugar diferente. Un lugar en el que seas tú quien se elige, en el que no tengas que demostrar constantemente que mereces quedarte y en el que puedas sentir que tienes derecho a ocupar un lugar importante en la vida de alguien. Pero también hay algo más: aprender a sentirte segura en ese nuevo lugar.

Porque a veces sabemos perfectamente que no queremos volver a ser la segunda opción, pero eso no significa que nuestro cuerpo sepa todavía cómo estar en una relación en la que no tenga que esperar, competir o luchar para ser elegido.


¿Sientes que esta historia se repite en tus relaciones?


Si mientras leías este artículo has reconocido algo de tu propia historia y tienes la sensación de que, aunque cambien las personas, acabas encontrándote una y otra vez en relaciones donde esperas, te adaptas o sientes que nunca terminas de ocupar el lugar que deseas, podemos mirar juntas qué puede estar sosteniendo ese patrón.


En estos casos, no parto de la idea de que exista una única causa. A veces encontramos experiencias de relaciones anteriores que todavía siguen condicionando nuestra manera de vincularnos. Otras veces aparecen miedos, inseguridades o formas de relacionarnos que aprendimos hace mucho tiempo. Y en algunos procesos también puede ser importante mirar la historia familiar y explorar si existen dinámicas o lugares que se han ido repitiendo entre las mujeres de la familia.


Por eso, para mí, el trabajo no consiste únicamente en entender por qué vuelves a encontrarte con personas que no pueden darte el lugar que deseas. También consiste en observar qué ocurre contigo dentro de esos vínculos, qué hace que permanezcas en determinadas relaciones y qué necesitas trabajar para poder empezar a relacionarte desde un lugar diferente.


Si sientes que esta situación se repite en tu vida y quieres comprender qué puede haber detrás, puedes escribirme y contarme brevemente qué está ocurriendo. Trabajo estos patrones dentro de procesos de acompañamiento personalizados, combinando diferentes herramientas en función de tu historia y de lo que vaya apareciendo durante el proceso.


Puedes contactar conmigo directamente por WhatsApp o conocer más sobre mi forma de trabajar y las sesiones que realizo en mi web www.maipareja.com




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